Percy J. Clifford explica la génesis de su obra a Juan Saudades

¿POR QUÉ FUNDE LA ANIERM?

El fundador de la Asociación Nacional de Importadores y Exportadores de la República Mexicana --A.N.I.E.R.M.-, metido ahora en trance de crear uno de los mejores campos de golf de América, es un hombre de un dinamismo excepcional. Vive al segundo, en prisas perennes. Por eso fue más agradecer la atencion que presto al reportero, cuando este le requirió para que expusiera que finalidad le animo a crear la A.N.I.E.R.M.

El señor Percy J. Clifford recibió al cronista en su elegante morada de las Lomas de Chapultepec, decorada con un gusto refinadísimo. En atuendo deportivo, sentados en amplios sillones ante una mesita bien servida, el señor Clifford, empeño así su narración:

-En mis frecuentes viajes a los Estados Unidos y a Canadá, pude apreciar el ambiente desfavorable que había sido creado contra los productos originarios de México. Era una situación muy desagradable, ante la que fracasaban los mejores razonamientos. El ambiente mostrábase hostil, receloso, poco propicio a condescender a un comercio que, al decir de ellos, ofrecía infinitos riesgos. Visite entonces con ánimo conciliador a los más caracterizados elementos representativos de las Cámaras de Comercio e industriales, cambiando impresiones con ellos, procurando armonizar criterios y ganar voluntades, pero todos mis esfuerzos se estrellaban ante negativas tan corteses como categóricas.

-No se esfuerce Ud., señor Clifford, argüían mis amistades; reconocemos la bondad indiscutible de los productos mexicanos. Las pieles, la miel, la semilla oleaginosa, los artículos manufacturados todo lo que da y todo lo que se transforma en procesos industriales, son de excelente calidad, lo reconocemos.

Pero, ¿cómo quiere usted que prensamos en negociar con gentes poco escrupulosas que no vacilan en remitir productos esencial-mente diferentes a los nuestros que sirvieron de base a las transacciones?

-Me hallaba- sigue diciendo el señor Clifford- ante una grave crises de confianza que esterilizaban los mejores propósitos. Era un verdadero desastre ante el que convenía reaccionar. ¿Cómo? Esa era, verdaderamente, la parte más ardua del problema.

Comencé por estudiar las organizaciones que controlaban el comercio de exportación de los Estados Unidos y del Canadá y llegué a la consecuencia d que s haca de todo punto indispensable intentar la creación de una organización extraoficial que se encargara de supervisar el comercio de exportación, ofreciendo las garantías de solvencia moral y material que pretendían los importadores de los productos mexicanos.

La tarea de hilvanar voluntades; de convencer a los escépticos y de animar a los timoratos me llevo mucho tiempo. La labor era lenta, pero yo puse en ella tenacidad y fe. Llevaba mucho terreno avanzado cuando se produjo la mayor de las catástrofes; la guerra y con ella la facilidad de comerciar con quien fuere y a donde fuere.

Si hubiese imperado en ese momento un espíritu de defensa patriótico, la ocasión hubiese sido excepcional para la conquista de mercados, consolidándose en ellos gracias a una ética comercial depurada; pero la ocasión se perdió lamentablemente y con ella la oportunidad de establecer conexiones indestructibles.

Fue esa época de las vacas gordas en que todo era vendible; se multiplico centuplicándose el número de los exportadores, que actuaron con mayor o menor ligereza, de acuerdo con su preparación o sus egoísmos. Frente a las casas honestas y serias que sabían y querían hacer honor a los compromisos contraídos, actuaron los advenedizos, los comerciantes ocasionales que buscaban buena presa en el rio revuelto del comercio internacional. En ese caso se llegaron a producir hechos lamentabilísimos que redundaron en perjuicio de México. Vinieron las propuestas, las reconvenciones, las amenazas de cerrarnos los mercados. En las Embajadas y en los Consulados de México fueron coleccionadas protestas tras protestas. Llegaban las quejas y la Secretaria de Relaciones y la de Economía no acertaban a encauzar por buenos rumbos la expansión de los productos mexicanos sobre base perfectamente definidas con sujeción a las normas estándar requeridas por los compradores.

Entre tanto el número de los exportadores que en 1942, constituían legión, llego a su cifra record en 1943. Se acumulaban fortunas en pocos días los cafés habían venido a convertirse en lonjas de contratación.

Entonces fue cuando se afianzo en mí el propósito ya viejo de construir una agrupación de exportadores. Ya no era posible deferir por más tiempo esa medida de salvación. Iba en ello el buen nombre de México, el prestigio de nuestra producción, la garantía de la buena fé de los exportadores honestos.

Me puse en acción recabando las primeras colaboraciones. Uno de los que levantaron bandera con mayor entusiasmo el señor Ángel de Anúzita. Pronto contamos con el concurso, preciado para nosotros y para la idea porque propugnamos, del señor Melchor Ortega… Se haría interminable la lista de nuestros colaboradores y así, al calor de esta improvisación, podría incurrir en omisiones lamentables. Por eso le ruego que los excuse.

-Lo cierto, lo evidente – sigue afirmado el señor Clifford – es que lo que al principio nos pareció tan difícil, fue acusando sus perfiles, tomando forma. Y llegó el día del gran triunfo: el día 19 de Mayo del año 1944 fue firmada presencia del Notario Público No. 50 de la Ciudad de México, Licenciado José María Pacheco, el acta de constitución que quedo registrada en el volumen 134 del Protocolo Notarial, con el número 9374.

El señor Melchor Ortega, en funciones de primer presidente de la entidad cuido de articular todas las voluntades iniciando los trabajos de relación con las representaciones diplomáticas de las naciones americanas transcontinentales. La tare era ardua, pero pronto se echó de ver la trascendencia de la obra iniciada. Se fueron ganando voluntades, se iniciaron tímidamente las primeras conquistas de orden moral y materia. Y así, día tras día, el embrión de la A.N.I.E.R.M. fue ganando en lozanía, en esplendor, en prestigio.

Hoy llega a su mayoría de edad la A.N.I.E.R.M. su prestigio se sienta sobre bases muy sólidas, Su consejo es solicitado y los puntos de vista que expone son estudiados con interés por que es el dominio público que no defiende causas inconfesables. Actúa pura y simplemente en defensa de prestigio de México, en pro de los intereses legítimos de los exportadores e importadores.

Yo me siento orgulloso de mi iniciativa. Sé que sin el concurso entusiasta de quienes dieron firmeza y volumen a mi idea no habría sido posible realizarla; todos ellos laboran en beneficio de la República ¿Qué cosa mejor podríamos desear nosotros?

Ahora se abren ante la asociación Nacional de Importadores y Exportadores de la República Mexicana las vastas perspectivas de una Europea que se va recobrando, cicatrizándolas heridas que abrió en su economía la última guerra, las de los mercados de América y de Asia, donde los productos mexicanos son tan solicitados.

En los hombres de Gobierno del Presidente Alemán está la fuerza que pueden delegar para que los productos mexicanos lleguen a todos los mercados revestidos de una garantía real. Deben exportar quienes pueden hacerlo con juntos títulos, amparados por una cedula de exportador expedía por la A.N.I.E.R.M. las mercancías clasificadas con sujeción a las nomenclaturas especifica de la Direccion de Normas han de ir amparadas por certificaciones de calidad… ¿A qué menos puede aspirarse?

Los actuales directivos de la A.N.I.E.R.M., tienen en el Gerente de la Entidad señor Carlos A. Calderón el hombre conocedor de los grandes problemas del comercio internacional capacitado para hacerles frente con garantías de éxito. Hemos de fiar con él, en su espíritu creador, en su laboriosidad contagiosa. No habremos de tardar –afirma el señor Clifford - en ver como la A.N.I.E.R.M. cobra mayores vuelos, yendo de conquista en triunfo y de éxito en victoria. La bandera de la A.N.I.E.R.M. cobran mayores vuelos, yendo de conquista en triunfo y de éxito en victoria. La bandera de la A.N.I.E.R.M. con su simbolismo, presagia grandes realizaciones…

Pensemos piadosamente – termina diciendo el señor Percy J. Clifford- en los socios que murieron sin alcanzar a conocer los esplendores del presente a los que ellos contribuyeron, con sus consejos, con sus exportaciones y con su concurso estimulante.